Vivir una infancia trans: relatos en primera persona


Desde el psicoanálisis, me interesa indagar sobre la infancia. En las personas trans adultas que he atendido, no hay recuerdo de sentirse cómodas con su sexo biológico asignado al momento de nacer.
Considero que lxs nenxs trans denuncian una segunda ruptura (o una de las rupturas del siglo XXl), ya que a comienzos del XX Sigmund Freud dijo que sí hay sexualidad infantil (contestándole a los victorianos), entonces estxs niñxs y adolescentes T confirman eso (que gran parte de la sociedad no quiere aceptar ni respetar pero, por otro lado y paradójicamente, cada vez hay más abuso sexual infantil) sin velo, sobre todo las nenas T, quienes en un número alto son expulsadas de sus casas. 

Otro tanto acontece en los establecimientos escolares: muchos educadores van reprimiendo en niñxs que podrían devenir trans la instancia del placer en los juegos, algo característico en esa etapa. Al hacer eso posiblemente sin darse cuenta, también van menguando la inocencia de estxs chicxs, porque mucho más que otros, ellxs son receptores directos de lo que estará bien o mal, lo que se aceptará o rechazará socialmente. Así se va dañando, paulatinamente, a lxs más vulnerables y desprotegidxs. 
Me gustaría formular un par de preguntas para que se repiensen estos temas dentro del campo psi, como por ej: ¿no es que siempre hay que enfocarse en el caso por caso? Entonces, con las identidades trans ¿por qué se sigue hablando/generalizando sobre una patología? Y, si bien Freud mencionaba los dos tiempos en la elección de objeto y por ende habría que esperar hasta el atravesamiento de la adolescencia, ¿por qué, al no dar lugar al deseo y a la identidad de ese sujetit@ -los aspectos más singulares de cualquier ser humano-, se continúa acrecentando y estirando su padecimiento? 
Mi participación en la nota de Vero Dema sobre infancias trans para La Nación del 8-2-17.
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Testimonios de jóvenes trans que hablan de cómo fueron sus primeros años de vida; por qué se empieza a notar un cambio de paradigma en materia de identidad de género




En materia de identidad de género empieza a vivirse un cambio de paradigma mundial que en la Argentina se hace eco: la manifestación de niñxs trans es cada vez mayor, la edad en que empiezan a visibilizarse se reduce y cuando los padres consultan ya no preguntan cómo curo a mi hijx sino cómo puedo acompañarlx con amor.

Alan Otto Prietto, de pequeñx, en hombros de su padre
Alan Otto Prietto, de pequeñx, en hombros de su padre. Foto: Gentileza Allan Otto Prieto

Según una encuesta del Hospital Durand, referente en el tema, ocho de cada diez adultos trans que consultan percibieron antes de los cinco años una identidad de género diferente a la asignada al nacer y la mayoría vivió ocultándola. De allí que ahora se perciba un Gender revolution (Revolución de género), como tituló la última revista National Geographic.


Adrián Helien, coordinador del grupo de atención a personas transgénero del Hospital Durand, responsable de ese estudio, dice: "Ante la fuerte represión de los padres muchos chicxs optaron por no manifestarse, se lo guardaron. Esto repercute en la construcción de su identidad y afecta su destino como persona. Por eso es tan importante aceptar al hijx tal cual es, acompañarlx con amor, saber que todos somos diversos y normales, que no hay una patología sobre la identidad de género".
Alan Otto Prieto es un varón trans de 30 años, un sobreviviente (según cifras oficiales, los adultos trans tienen 9 veces más riesgo suicida). Él es el superhéroe de su propia historia. Para Alan, recordar su infancia es doloroso y, a la vez, -cree- una oportunidad para proyectar un horizonte distinto, para promover infancias trans felices. "A lo largo de mi niñez y adolescencia tengo el recuerdo de incontables momentos en los que ese devenir mujer que la sociedad me demandaba estaba en las antípodas de lo que yo deseaba. Yo quería ser el más varonil de todxs", dice. "Por años tuve un pésimo comportamiento en la escuela y en otros ámbitos. Mientras todxs buscaban inducirme a ser una princesita, ser suave y sensible, jugar con otras niñas, yo quería ensuciarme".
Alma Sánchez nació con genitales de varón hace 47 años en Santa Rosa de Río Primero, en Córdoba, el pueblo natal del cura Brochero. Su padre era maestro rural en un paraje cercano, La Cañada, que hoy ya no existe (el océano verde de la soja arrasó con árboles, ranchos, escuela, pájaros). Allí vivió ella con su familia hasta que su padre se jubiló y todos volvieron a Santa Rosa; luego ella, a Córdoba capital, hasta que en 2006 decidió mudarse a Buenos Aires. Recién a partir de entonces, ya con casi 40 años, empezó a animarse a dar a conocer su identidad femenina, su verdadera versión de sí misma.

Alan nació en la ciudad patagónica de Las Heras, en Santa Cruz, el sitio al que eligió volver luego de vivir varios años en Buenos Aires. En la Capital pudo asumir su identidad y comprometerse en el activismo trans para aportar experiencia, información y algo del amor que de pequeño le fue negado. "Sin dudas, uno de los episodios que más marcó mi niñez fue la conducta del padre de unos amigos. Vivía a tres casas de la mía y, cada vez que pasaba cerca, me señalaba riéndose y me llamaba marimacho. Esos adultos que supuestamente debían velar por infancias felices no hacían más que infligirnos daño, hacernos sentir avergonzados por quienes éramos".

Alma Sánchez, de pequeña
Alma Sánchez, de pequeña. Foto: Gentileza Alma Sánchez

"El registro que tengo de mi infancia tiene que ver con una natural percepción de mí como una niña. Eso les pasó a todas las personas transexuales que conozco. Ante esto que yo sentía, mis comportamientos lógicos eran los de una niña. Y ahí fue cuando aparecieron los primeros reproches. Ahí apareció ¡el problema! Yo me preguntaba: ¿Cómo es que todos ellos -padres, hermanos, el mundo- no se dan cuenta de que soy una niña? Y, en ese momento, mi nombre masculino y mi pene no fueron demasiado importantes. A la vista de un adulto sí lo eran, comprendí después. Yo decía: "Y bueno, tengo un pene y ¿con eso qué?, si lo mismo soy una nena"; "Me llaman Felipe", pero llámenme como quieran que yo no soy Felipe". Es decir, no racionalizaba eso como problema, lo vivía desde lo sensible".
El coordinador del grupo de atención a personas transgénero del Durand, dice: "Las primeras manifestaciones son, en muchos casos, preverbales; se trata de pequeñxs que comunican algún grado de disconformidad genérica ya sea porque rechazan su propia ropa, porque eligen un trapito para tener pelo largo como las nenas, porque sufren frente a los juegos que se les proponen y a algunos les empieza a molestar el nombre que tienen". Aclara que en cada niñx es diferente esa visibilización y la angustia que conlleva.
Sin ser del todo consciente Alma fue haciéndose cargo del "problema" que le señalaban los adultos y asumió la triste y difícil tarea de "esconder" a esa niña lo más posible, de alojarla en el lugar de los sueños. "Me hice muy soñadora y las secuelas de eso es que aún hoy me cuesta tener la atención concentrada por mucho tiempo y tiendo al divague o a soñar despierta. Lo tomo como secuelas de lo que me tocó vivir. Yo era una niña y no me dejaban serlo, pero sabía que, si me aislaba y entraba en mis sueños, sí lo era".

Santiago Thomas Romero Chirizola hoy transita su joventud
Santiago Thomas Romero Chirizola hoy transita su joventud. Foto: Gentileza Santiago Thomas Romero Chirizola

Santiago Thomas Romero Chirizola es un varón trans de 23 años. El recuerdo de su niñez que elige compartir se remonta a sus cuatro años, en el jardín de Infantes al que iba en San Luis, la ciudad donde nació. "Iba al jardín público Lucio Lucero donde las nenas jugaban en las hamacas y casitas del patio y los nenes con ruedas que giraban por todo el patio imaginando ser autos y camiones que volaban y escapaban de la policía. A mí me dejaban usar una rueda chiquita y de colores (la más lenta). Yo era feliz, era todo un logro no tener que jugar a la casita. Tenía un amigo, Gonzalo, que me ayudaba a conseguir esa rueda cada día, porque eran pocas y se peleaban entre los varones por adueñárselas. Había días que la fuerza desigual, simbólica y práctica de poder hacía que me quedara sin mi ruedita; entonces, recuerdo ir a sentarme en la puerta de una casita a mirar cómo jugaba el resto".
En la escuela primaria, Santiago dice que no encontró ningún espacio de libertad, de juego, sólo cariño desarrapado. "Me pasaron a una escuela privada, católica y de mujeres. Se me cortaron las alas, odiaba ese lugar. Mi mamá siempre me recuerda como una niña triste a la que no sabía cómo ayudar", dice. Él recuerda que buscaba como un salvavidas generar algún momento de juego. "En el barrio era mi revancha: a los seis años empecé a salir a jugar al fútbol (los momentos más felices y difíciles a la vez). Me costaba mucho, me daba vergüenza porque nadie terminaba de avalar que estuviera ahí pero, a su vez, yo me ganaba el aprecio y los amigos que me dejaban jugar. El mundo varonil se presenta violento, hostil. Aprendí a pegar piñas, a jugar sucio, a mostrarme más fuerte que los otros (los que tenían pito) para poder sobrevivir".

Alan Otto Prietto en la actualidad
Alan Otto Prietto en la actualidad. Foto: Gentileza Allan Otto Prieto

Para Alan, también el barrio fue liberador, porque allí se disponían las tardes de juegos sin tanta etiqueta normalizadora. "En el barrio tenía lxs mejores amigxs que podía soñar, todxs ellxs, y especialmente Yanina, me dejaban ser libre. Me buscaban siempre para jugar y me hacían el aguante. Éramos niñxs con familias muy diversas: algunos con mamá y papá, otros solitos con sus mamás. Pero siempre nos sentíamos segurxs de nuestro vínculo de afecto. Nos conteníamos lxs unxs a lxs otrxs en un universo que siempre nos estaba subestimando", relata.
Como a Santiago, a Alan el barrio le enseñó a sobrevivir al mundo varonil. "Me hizo ser igual, jugar como arquero del equipo sin importar lo que los pibes de otras manzanas dijeran de mí; el barrio fue mi lugar en el mundo en cada casa que nos construíamos para escabullirnos de realidades familiares, a veces dolorosas, en cada excursión para cazar lagartijas o en cada grito que anunciaba la hora de jugar".
"Vuelvo a Yanina", dice Alan, y sigue recordando esa trabajosa infancia. "Con ella experimenté muchas primeras preguntas sobre mi identidad. Una vez, por ejemplo, intentamos hacer pis paradxs y, obviamente, nos meamos los pantalones. Nos reímos mucho de eso en nuestra inocencia infantil. Lo sentíamos como parte de un juego pasajero, pero había algo más".
Abandona la frase allí, como instalando una pregunta. Y sigue desnudando su infancia, exponiéndola con su relato: "Yo sufría cada vez que me regalaban algo de Frutillitas, muñecas o vestidos. Yo quería pistolas de agua y los zapatos Kickers para la escuela. En una Navidad los conseguí: no me los sacaba ni para dormir". Su sonrisa es un aletazo divino.
El psicólogo Alejandro Viedma explica que cuando los padres caen en la cuenta de que tienen un hijx que podría ser trans entran en conmoción porque no saben cómo manejar la situación y tampoco encuentran mucha ayuda afuera, ni de parte de profesionales ni de otras personas. "Gran parte de la sociedad tiene una mirada que juzga a las personas trans y esa crítica muchas veces se dirige hacia los padres de estos niñxs. Entonces, los adultos interiorizan un superyó muy severo, que hace que se pregunten: ¿en qué fallamos?, un interrogante acompañado por sentimientos de culpa, dolor y vergüenza", dice.

Alma Sánchez, la pequeñx, abanderadx
Alma Sánchez, la pequeñx, abanderadx. Foto: Gentileza Alma Sánchez

Hace 20 años, cuando chicxs como Alan o Santiago transitaban su infancia, sin ni siquiera la posibilidad de discutir acerca de una ley de identidad de género, todo era más difícil. Viedma, un profesional especializado en temas de diversidad sexual, nota un cambio de paradigma en los últimos años: antes los padres acudían para tratar de resolver "el problema" del hijx, para que "se cure" y, últimamente, se acercan para buscar y adquirir herramientas, información para poder comprender y acompañar a ese hijx, para poder respetarlo y aceptarlo tal cual es.
"Eso sucede si primero se dueló a aquel hijo que se tuvo y en el cual se depositaron muchas expectativas, según se esperaba por su sexo biológico y su género. El proceso puede ser penoso y largo, y sólo se lo traspasa con el amor y la capacidad de empatía. La comunicación fluida entre padres e hijxs es fundamental para celebrar la individualidad de cada quien, para conocer bien a ese otro. Porque se debe entender que la persona trans tiene la convicción interna de sentirse con un sexo distinto al que le asignaron y eso lo lleva a que no claudique en el camino de querer y necesitar expresar su identidad autopercibida, el género que siente como propio".
Liliana y Daniel son padres de un varón trans que hoy tiene 24 años. "Tus primeros pasos alrededor del añito de vida transcurrieron en el patio de la abuela Sara y se fueron afianzando hasta correr con un fútbol que se conectaba con la intimidad de tu ser. La preferencia por los autitos que les pedías a los reyes magos también nos fue señalando un camino que de alguna manera seguimos intuitivamente", escriben en una carta dirigida a su hijx en la que desandan su recorrido. "El alejarnos de casa hacía que pudieras respirar más libertad. Unas vacaciones en Viña del Mar las disfrutaste jugando en el mar con bermudas celeste".

Alma Sánchez, hoy
Alma Sánchez, hoy. Foto: Gentileza Alma Sánchez

Relatan que durante toda la escuela primaria se sucedieron las batallas para ir a comprar ropa, batallas que ganaban ellos como padres. "Tengo que reconocer con dolor que conservo fotos de un niñx triste que, por complacer, cedía y allí venía la incoherencia. Recuerdo que un nudo me atravesaba la garganta. Tanto lamento mi ignorancia, qué fácil hubiera sido haberlo entendido desde entonces, cuántas lágrimas te hubiera evitado hijx mío". La extensa carta publicada por estos padres en la guía de buenas prácticas en salud para personas trans de la organización Capicüa termina diciendo: "Para el amor de madre no importa si es hijo, hija o lo que sea. A la increíble persona que sos la sigo teniendo por siempre. Te queremos y estamos orgullosos de vos".
Cuando a Alan se le pregunta por sus padres, dice: "Sé que ellxs hacían lo que podían. Era difícil para mi mamá entender por qué yo siempre andaba despeinado, rodeado de varones y con la ropa sucia". Y el juego, lo más constitutivo de toda infancia, vuelve al discurso de Alan como un remanso. "Pero aun así, mi vieja siempre me dejó jugar", reconoce. "El problema venía en la época de los cumpleaños y las fiestas, cuando ella quería que yo fuera una nena como cualquier otra. Entonces peleábamos y ganaban la represión y los mandatos".
Cuando a Alma se le pregunta por sus padres, dice: "Yo soy padre de cuatro y lo que pienso es que hay que dejar ser a los niños. Y, si tenés un hijo o hija transexual, déjalo ser. Acompañalx con amor y ya".

Alan Otto Prietto, de pequeñx
Alan Otto Prietto, de pequeñx. Foto: Gentileza Allan Otto Prieto

Cuando a Santiago se le pregunta por sus padres, responde sin dudar: "Ellxs son sobrevivientes de esta sociedad. Más que aciertos y errores, hubo confusión, dolor y desconcierto. Nadie te enseña cómo criar a un niño libre; menos, a un niñx trans. Ellos me acompañaron, no me dejaron en la calle. Vivieron cada injusticia a mi lado así como también fueron protagonistas y me ayudaron a abrir cada puerta". Recuerda cuando en la adolescencia se cortó el pelo, se tapó las tetas y le dijo al mundo que me llamaba Santiago Thomas. "Ahí estaban mis viejos: firmes y confundidos, tristes e incomprendidos acompañándome en mi decisión".
¿Cómo promover infancias trans felices? Alan lo responde con su experiencia. "A cualquier persona que ejerza la crianza de niñxs les digo siempre: permitan a sus hijxs libertad, déjenlxs ser distintos, impulsen el deseo y la curiosidad, no teman responder preguntas incómodas".
No hay una sola manera de transitar el género, ni manuales que enseñen a ser padres, hermanos, familia de un niñx trans. Las vivencias apuntan que más que centrarse en el "problema", la oportunidad es abrirse al "amor". Propone Alan: "Nuestras vidas deben ser de amor y felicidad y no por el simple hecho de ser trans alguien puede venir a violentarnxs o reírse de nosotrxs. Pensemos en las nuevas generaciones: lxs niñxs trans de hoy tienen que ser felices. Nosotrxs ya pagamos el costo de visibilizar nuestras realidades, es hora de que seamos todxs un poco más amadxs y menos señaladxs".
Por respeto a la norma de uso de los entrevistados, la letra "x" reemplaza la "a" y la "o".
Link permanente:
http://www.lanacion.com.ar/1982474-vivir-una-infancia-trans-relatos-en-primera-persona

Franco Torchia entrevista al Lic. Alejandro Viedma

El periodista Franco Torchia me entrevistó (en octubre de 2016) para su programa de radio “No se puede vivir del amor”. Entre otros temas hemos conversado acerca del bullying homofóbico que padecí en carne propia. Fue una linda charla con muy buenas preguntas y acotaciones del periodista. 
El próximo miércoles (8 de marzo) retomaremos por 14º año consecutivo con el grupo de reflexión de varones de Puerta Abierta, los que quieran sumarse pueden comunicarse al 11-6165-4485.



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“Mis marcas del bullying homofóbico y cómo salí adelante”

Publicado el 
Este es el relato en primera persona de Alejandro Viedma que, en un texto sincero y sin victimizaciones, narra los episodios de bullying que lo acompañaron en su niñez y adolescencia. Fueron momentos que vivió con angustia y casi en soledad. “Tachaba cada día que pasaba y era un aliciente ver que faltaba menos para terminar las clases”, escribe en este texto rememorativo. El recorrido se extiende, también, hacia la adultez: Alejandro es Licenciado en Psicología por la UBA y, un ejemplo, de cómo salió adelante pese a todo.
La vida de Alejandro, según sus propias palabras 
Infancia:

Alejandro, abanderado de séptimo grado
Desde muy chico sentí que no formaba parte de lo que hacían y les gustaba a mis compañeritos varones. Mis intereses se diferenciaban cada vez más de los de ellos a partir de quinto grado, o sea, a mis diez años. Y no hablo de sexualidad, porque en esa época no tenía idea de lo que era el sexo. Pero sentía que no encajaba, que no pertenecía al grupo de pibes que se constituía por los que les gustaba jugar al fútbol o empezaban a admirar a ídolos que nunca fueron los míos, como Maradona o Soda Stereo, o denigraban al que parecía el más débil… Como empecé a juntarme más con mis compañeras, comenzaron las cargadas con palabras como “marica” o “nena”. Eso se fue acrecentando en sexto y séptimo grado y, al unísono, iba escuchando en la tele, en la misa a la que asistía los domingos, en el barrio, que ser homosexual estaba mal, que era pecado, que era sinónimo de ser enfermo, algo contranatural, por lo cual fui incorporando que yo era diferente y con algo a corregir.
Recuerdo que a los once varios de mis compañeros, los mismos que ya habían dejado de elegirme para jugar y habían dejado de invitarme a sus cumpleaños (algo horrible para mí), me esperaron en el aula luego de educación física donde empezaron con cánticos agresivos. No aguanté y me puse a llorar, me veía tan en desventaja frente a ellos, como con el pudor de quedarme desnudo públicamente y aún más humillado por mis lágrimas que fueron la descarga de tiempo acumulado de tensión.
A mediados de los ochenta tampoco había comprensión y por ende contención en las familias y uno se sentía muy solo. En paralelo siempre fui un alumno destacado, tal vez inconscientemente me exigía mucho como para compensar lo que suponía que no iba a agradar a los demás: tenía las mejores notas porque eso no me costaba y me gustaba que mis padres estuvieran conformes con ese aspecto mío.
Adolescencia:
Lo peor fue a partir de la mitad del secundario -encima hice un comercial técnico en administración de empresas, es decir, estuve seis años en aquel colegio-. Me acuerdo que en quinto año empecé a tachar los días que pasaban, se ve que ya me gustaban las agendas, así que quizás era un aliciente ver que en el calendario faltaba menos para que terminaran las clases. Eso hacía menos insoportable todo: la mitad de mis compañeros había dejado de saludarme un año antes y, si bien nunca ejercieron violencia física sobre mí, sí fue muy fuerte la simbólica, verbal, psicológica con referencias homofóbicas. Y eso no fue menos duro porque, aunque no lo hicieran mirándome a los ojos, las burlas, los insultos, los grafitis en las paredes dirigidos a mi nombre, las notas que me dejaban en mi carpeta me lastimaban mucho, yo sentía mucha vergüenza, miedo y así me fui encerrando cada vez más. Por suerte tenía tres amigas en mi división, no sé qué hubiera pasado sin ellas, con quienes al menos podía hablar… En sexto la situación lejos de mejorar empeoró, porque llegó el viaje de egresados a Bariloche y fue una tortura en lugar de vivir una semana de diversión, porque dos de mis compañeros fueron por más, les dijeron a los pibes de otros colegios que yo era “re puto”, así que cuando me enteré me sentí tan expuesto, observado, evitado y mirado con sorna que lo único que quería era irme, estar en mi casa. Nunca me sentí tan aliviado como cuando terminé esa etapa.
Sentimientos/emociones rememorando esa etapa
Hoy no tengo rencor ni enojo con nadie. Hasta puedo comprender por qué la gente discriminaba: en los ’80s y ’90s estábamos en un contexto donde nos maleducaron respecto a lo que ahora se denomina diversidad sexual, sin leyes igualitarias, sin cuidarse de lo políticamente incorrecto, siendo parte de manuales de desórdenes mentales, así que no culpo a nadie aunque lo haya vivido con dolor. Pero, obviamente, no quisiera retroceder el tiempo para nada, por eso creo que hoy y mañana siempre es mejor, lo peor ya pasó.
No obstante, no olvido. En una de mis sesiones de terapia le decía a mi analista: “Recuerdo haber leído en Freud que de la guerra volvían más traumatizados los que regresaban ilesos que los que salían heridos o incluso habiendo perdido partes de su cuerpo… Los sueños eran más repetitivos en los que no tuvieron marcas corporales… Así que a veces la palabra que injuria lastima más que un látigo o una bala”. Y él me respondió: “Es que los oídos no tienen párpados, están sobreexpuestos, sin protección”, y me recordó una frase de Oscar Masotta: “No matar la palabra, no dejarse matar por ella”, es decir que no hay que quedarse callado ni permitir que la palabra que degrada provoque tanto daño. Quizá por eso es que pude hacer una transformación en positivo con esa parte de mi historia: sin habérmelo propuesto, empecé a trabajar escuchando a mis pacientes y a los integrantes de los grupos de reflexión para varones gay que coordino en la Asociación Civil Puerta Abierta, brindándoles un espacio para que puedan historizar(se) a través de su discurso y sus recuerdos.
Lo que me ayudó a sobrellevar la secundaria
Empezar a conectarme con mis gustos, ir descubriéndome como gran oyente de música, por ejemplo. Y no solo me iban deslumbrando ciertas voces o melodías, sino que transcribía letras de canciones del rock nacional en un cuaderno, de artistas que hoy todavía admiro, como Charly, Celeste, Fito. En esa época además estudiaba Dibujo y Pintura y quizá la sublimación a través del arte también hizo que expresara cosas que no podía decir con palabras. Por otro lado, la gimnasia me gustó siempre. También empecé a estudiar inglés y con los años causalmente leí autores increíbles como Patricia Highsmith, Susan Sontag, Hermann Hesse. En paralelo iba investigando mi orientación sexual y mi identidad con lo que obtenía de información en revistas con artículos o entrevistas a referentes o miraba películas de temática gay. Después vinieron los recitales, los primeros boliches en donde me di cuenta que no era el único “bicho raro”, que tenía pares, gente a la que le pasaba o sentía lo mismo que yo.
Facultad:
En 1993 me surgieron sentimientos que no había experimentado antes: entusiasmo por ir a cursar y la libertad de no estar presionado por tener que disimular algo. Y el plus de haber elegido yo la carrera que iba a seguir. No por casualidad en el CBC de Psicología pude tener mi primer gran amigo varón. Empecé a disfrutar de ir a leer al buffet de Ciudad Universitaria mientras me tomaba un café y observaba el río a través de esos ventanales enormes…
Yo no tenía idea de que me iba a dedicar a las diversidades sexuales. Se fue dando paulatinamente. Recuerdo que en cuarto año de aquel secundario tuve la materia Psicología y me encantó, así que de todo lugar negativo u oscuro, uno puede llevarse algo bueno.
Luego de más de quince años de haberme recibido, creo que es difícil atender a una persona gay, lesbiana, bisexual o trans si uno no ha sufrido esa u otra discriminación en carne propia. Creo que para abordar las diversidades sexuales hay que saber de los subtemas que conforman ese universo y, lamentablemente en el campo del psicoanálisis, aún falta apertura y actualización.
Algo para agregar:
Hoy estoy preparado para contar cosas que nunca hice públicas, cuestiones de mi vida, y lo hago porque tal vez mis palabras ayuden a alguien. Desde mi sinceridad y empatía con el otro y lejos de la victimización o de pararme en un lugar de ejemplo, no quiero ser ejemplo de nada ni quejarme de lo que viví, aunque quizás aporte mi granito de arena para que idealmente nadie más transcurra lo que a mí me hirió tanto. En ese sentido sí quiero dejarles un mensaje a los adultos que ocupan cargos de mucha responsabilidad, a los docentes, a los profesionales de la salud, a los padres: les pido que no tengan una mirada indolente, insensible frente al sufrimiento de niños, niñas y adolescentes en general y, sobre todo, al de los LGBT; es de suma importancia que estén atentos porque cuando te lastiman te vas cerrando gradualmente, aislando y, cuanto menos un pibe hable y socialice, más problemas tendrá en su vida ya que su autoestima va decayendo.
En general un chico que no se percibe o no se va perfilando como heterosexual cree que no tiene un lugar porque está más en soledad y en silencio que otra persona de cualquier otra “minoría” discriminada, se va metiendo en el placard porque advierte que no puede compartir con su familia lo que siente y cómo está siendo violentado, agredido, y eso no sucede con por ejemplo niños o adolescentes judíos, afrodescendientes, de países limítrofes porque comparten la misma característica que sus padres, quienes pueden ayudarlos porque los entienden, contienen y defienden. Por tales motivos, la tasa de suicidios de adolescentes y jóvenes LGBT es mayor comparada con la de adolescentes y jóvenes heterosexuales.
En la actualidad todos los adultos somos responsables. No puede justificarse más la discriminación o la complicidad por ignorancia. En 2016 tenemos mucha información, leyes que protegen, despatologización y si alguien no sabe también es responsable por no informarse. Que la falta de datos e ideas no camufle la maldad y la impunidad de herir al otro, cosas feas que lastimosamente todavía habitan en nosotros, los humanos.

Perfil del Lic. Alejandro Viedma

Alejandro Viedma es Licenciado en Psicología, egresado de la Universidad de Buenos Aires (UBA), Psicoanalista, Coordinador de grupos de reflexión y Supervisor de terapeutas
ContactoCelular: +54 9 11-6165-4485

Ha realizado diversos postgrados, seminarios y cursos en instituciones y hospitales porteños, entre otros, en Clínica Psicoanalítica, Acompañamiento Terapéutico, Recursos Técnicos para la Coordinación de Grupos, Género y Diversidad Sexual. También ha disertado en varios congresos, facultades, simposios, foros, organizaciones, jornadas y conferencias en la Ciudad Autónoma de Bs. As., en otras ciudades del interior de la Argentina, en Bogotá (Colombia) y en Tel Aviv (Israel). Tuvo participaciones en programas de TV (en canales como CNN en español, Telesur, Telefé, América TV, TN, La TV Pública, C5N, 360 tv Digital, etc.) y radio. Escribe en diferentes medios gráficos y portales online de distintos países. 



Autor y editor, desde fines de 2007, de su blog www.alejandroviedmapsi.blogspot.com.ar y de su fan page (desde 2011) en facebook Alejandro Viedma Psi: https://www.facebook.com/pages/Alejandro-Viedma-Psi/197298870290333?ref=hl#!/pages/Alejandro-Viedma-Psi/197298870290333 


Desde hace más de una década se dedica, de manera privada, a la clínica de adultos, y coordina grupos de reflexión para varones gay en la Asociación Civil Puerta Abierta a la Diversidad, además de brindar talleres y asesoramiento a empresas, colegios e instituciones varias. Ofició de presentador de libros y modera cine-debates con filmes que aborden las Diversidades Sexuales.

*Tratamientos analíticos: Asistencia individual a Adultos; parejas, familias y grupos. Solicitar entrevista.
*Consultorio privado en zona de San Cristóbal, CABA.


 *Agosto de 2016: viajó a Bogotá para ofrecer una charla-conversatorio sobre Diversidad Sexual, a 15 años de haber rendido su última materia de la carrera de Psicología.
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Alejandro Viedma is graduated in Psychology (University of Buenos Aires), and has experience in coordination of groups for GLTB issues. He is also supervisor of psychotherapists.
He has several post graduate studies and has attended various courses in hospitals and NGO in Buenos Aires; among them: Psichoanalitic Clinic, Technical Coordination of Groups, Gender and Sexual Diversity, Therapeutic accompaniment.
He takes part in radio and TV programs.


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Género, Orientación Sexual, Identidad y Ley

Muchas gracias "Toma 71 Producciones" por enviarme este material grabado el 17 de junio de 2016, cuando me entrevistaron. Me convocaron para aportar algunos conceptos respecto de las Diversidades Sexuales.  
Gracias a los estudiantes universitarios que se acercan hasta el consultorio interesados por mi trabajo. Esta instancia de los reportajes en los cuales participo también es parte de la tarea en donde, conjuntamente, seguimos aprendiendo, compartiendo, informando y difundiendo.
Estuvo muy bueno participar de un documental realizado por estudiantes de la Carrera de Diseño de Imagen y Sonido!
Les comparto algunas imágenes de ese encuentro:



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